Biografia Artística Jeison Mancilla

Nacido el 4 de marzo de 1999 en Planeta Rica, Córdoba, Jeison Rafael Mancilla Sáenz es un joven cantautor que ha venido construyendo una sólida trayectoria dentro del folclor vallenato gracias a su talento, sensibilidad artística y herencia musical.

Criado en el seno de una familia humilde y amorosa, Jeison recuerda su infancia como una etapa llena de felicidad junto a sus padres y sus cuatro hermanos, siendo él, el menor del hogar. Desde muy pequeño mostró inclinación por la música, dejando huellas imborrables en su vida artística. Uno de esos primeros recuerdos ocurrió cuando tenía apenas cinco años y se presentó en el parque principal de Planeta Rica, donde fue premiado con una bicicleta tras su actuación. Más adelante, durante su etapa escolar, ocupó el primer lugar en un concurso de canción balada, reafirmando así su vocación por el canto.

La principal influencia musical de Jeison ha sido su padre, Omar Mancilla, reconocido acordeonista, cantante y compositor, de quien heredó el amor por el vallenato. También han sido pilares importantes en su formación artística sus tíos Fredy Mancilla y Amaury Mancilla, además de la inspiración de grandes figuras de la música vallenata como el maestro Enrique Díaz. Tras el fallecimiento de su padre, Jeison encontró respaldo y motivación en destacados artistas y reyes vallenatos como Fredy Sierra y Ciro Meza, así como en compositores de gran trayectoria como Marciano Martínez, Roberto Calderón y Adolfo Pacheco.

Su pasión por la composición nació desde temprana edad. A los diez años escribió su primera canción, descubriendo en las letras una manera de expresar sentimientos, experiencias y mensajes positivos. Para Jeison Mancilla, ser cantautor del folclor vallenato representa amor, identidad y compromiso con una música que le permite transmitir emociones sinceras a través de cada verso.

A lo largo de su carrera, Jeison Mancilla ha sido ganador de varios festivales vallenatos en la región de La Sabana y también ha tenido la oportunidad de presentarse en cuatro ocasiones en Valledupar, cuna del vallenato. Entre sus logros más importantes se destaca el primer lugar obtenido en el Festival Vallenato de Sahagún, acompañando al acordeonero Alberto Mario Zuleta. Asimismo, fue reconocido en La Apartada como Mejor Voz Revelación, consolidándose como una de las nuevas promesas del género vallenato.

Otro momento significativo en su trayectoria artística fue el privilegio de grabar en vida una canción inédita del maestro Romualdo Brito, titulada Un amor de pacotilla. Esta experiencia marcó profundamente su carrera, convirtiéndose en un honor interpretar una obra entregada personalmente por uno de los compositores más importantes e influyentes de la música vallenata.

Hoy, Jeison Mancilla presenta su nueva canción Al pie de tu ventana, una obra cargada de sentimiento y autenticidad con la que continúa fortaleciendo su propuesta musical y reafirmando su compromiso con las raíces del vallenato romántico y tradicional. Su voz, inspirada en las vivencias del pueblo y en el legado de su familia, busca llegar al corazón de quienes aman la música hecha con el alma.

A los 99 años parte, Ana Bermúdez Daza, la madre del compositor “Yeyo” Núñez

Por Alcibiades Nuñez.
Hay mujeres que nacen para dejar huellas imborrables en la historia de sus familias y de sus pueblos. Mujeres que, sin ocupar cargos públicos ni aparecer en grandes titulares, terminan convirtiéndose en símbolo de lucha, dignidad y amor infinito. Así fue Ana Dolores Bermúdez Daza, quien falleció a los 99 años dejando un profundo vacío en el corazón de sus hijos, nietos, familiares y amigos.
La noticia de su partida ha causado tristeza en quienes conocieron a esta mujer noble y trabajadora, especialmente en el reconocido compositor Aurelio “Yeyo” Núñez, quien hoy despide a la madre que no solo le dio la vida, sino también las enseñanzas y valores que marcaron su camino humano y artístico.
Doña Ana Dolores pertenecía a esa generación de mujeres fuertes que hicieron de la necesidad una oportunidad para salir adelante. En tiempos difíciles, cuando el sacrificio era parte de la cotidianidad, levantó a su familia con esfuerzo, disciplina y una admirable capacidad de emprendimiento. Su vida giró alrededor del trabajo honrado y del bienestar de sus hijos: Heriberto, Yunis, Alfredo, Federico, Alida, Aurelio, Dariel y Omaida (QEPD).
Con una visión emprendedora poco común para su época, viajaba hasta Maicao para adquirir mercancías que luego comercializaba en San Juan del Cesar y Zambrano. Aquella actividad comercial no solo representaba el sustento de su hogar, sino también una escuela de responsabilidad y compromiso para sus hijos, especialmente Alida y Aurelio, quienes colaboraban en la distribución de los productos y en el cobro de la cartera de clientes.
Detrás de cada venta y de cada jornada de trabajo existía una madre que luchaba silenciosamente para ofrecerle un mejor futuro a su familia. Nunca buscó reconocimientos, porque su mayor satisfacción era ver a sus hijos crecer como personas de bien.
Quienes compartieron con ella la recuerdan como una mujer cariñosa, amable y cordial. Su sonrisa sincera y su disposición permanente para ayudar hicieron de su hogar un refugio de afecto y solidaridad. Fue una madre que educó con el ejemplo, enseñando que la honestidad, el respeto y la perseverancia son las mayores riquezas que puede tener un ser humano.
La historia de doña Ana Dolores también refleja la grandeza de muchas madres guajiras y caribeñas que, desde el anonimato, construyeron familias enteras a punta de sacrificios y esperanza. Mujeres capaces de convertir las dificultades en oportunidades y de sostener sus hogares con valentía admirable.
Hoy, la partida de doña Ana Dolores Bermúdez Daza enluta profundamente a la familia Núñez Bermúdez y a todos aquellos que tuvieron el privilegio de conocerla. Sin embargo, más allá del dolor, queda la inmensa gratitud por una vida ejemplar y por un legado humano que seguirá vivo en cada consejo, en cada recuerdo y en cada enseñanza sembrada a lo largo de casi un siglo de existencia.
Porque hay seres humanos que nunca mueren del todo. Permanecen eternamente en la memoria de quienes aprendieron de su bondad, de su lucha y de su amor incondicional. Ana Dolores Bermúdez Daza fue, sin duda, una de esas mujeres extraordinarias.








Alberto De Jesús Fernández Mindiola: el hombre que le prestó su voz al tiempo.

«Antes de que el tiempo se atreva a bajar el telón a la vida, su voz ya aprendió a quedarse viviendo en la eternidad»: Ramiro Álvarez Mercado

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay nombres que uno no dice: se dejan caer, como si al pronunciarlos pudiera alterarse algo invisible.  

Y hay vidas que no caben en una línea de tiempo; necesitan silencio, pausa, una forma de respeto que no siempre sabemos conceder.

Cuando se habla del tiempo, casi siempre se habla de pérdida: de lo que se va, de lo que no regresa, de lo que apenas sobrevive en fragmentos. Pero, en ocasiones pocas, ocurre lo contrario: el tiempo no borra, aclara. En lugar de desgastar, retira capas. Deja, al final, solo lo esencial.

Este es uno de esos casos.

El maestro Alberto De Jesús Fernández Mindiola acaba de cumplir 99 años. Decirlo así parece suficiente, pero no lo es. En él, la edad no se acumula: se ordena. El tiempo no lo ha golpeado, lo ha pulido con una paciencia que ya casi no existe. Su palabra llega sin tropiezos, su memoria no necesita buscarse y su espíritu permanece encendido sin estridencias.

Hay una lucidez que no se aprende. Tampoco se ensaya.  

Se alcanza después de una larga fidelidad.

Y antes de todo eso, antes de la voz que conocemos, estuvo el origen.

Atánquez, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, departamento del Cesar, al norte de Colombia. 7 de abril de 1927.

Ahí empieza todo, aunque entonces nadie lo supiera.

La Sierra no es paisaje: es ley. Es el corazón del mundo para los cuatro pueblos que la custodian. Los kankuamos, habitantes de Atánquez, saben que cada pico es un padre antiguo y cada río una vena de la madre. Allí la vida se teje. Las mujeres hacen mochilas que no son adorno: son pensamiento. Cada rombo es una montaña; cada línea, un camino de agua; cada color, un rezo. La mochila kankuama no se compra: se hereda.

En ese mundo de hilos, silencios y montañas sagradas nació Alberto Fernández. Su voz también fue tejida, puntada a puntada, entre cantos de casa y niebla de páramo.

La música no llegó como descubrimiento: estaba ahí desde antes. Su madre, María Mindiola, cantaba con una naturalidad que no requería escenario, eran cantos que parecían quedarse suspendidos en la casa, como si el aire los resguardara. Su padre, Luis Fernández González, hacía lo propio con la trompeta, el redoblante y el bombo: instrumentos que no solo sonaban, también imponían presencia, como el aire que se respira.

Entre esos dos mundos el canto íntimo y la fuerza del ritmo empezó a formarse algo que aún no tenía nombre.

Después vendría lo demás.

Atánquez seguía siendo pequeño, pero ya no le bastaba. Cantó boleros, tangos, rancheras, no por versatilidad, sino por búsqueda. Como quien recorre caminos sin saber con certeza qué está persiguiendo. Y, sin embargo, allí estaba la voz encontrando su forma sin proponérselo.

Su traslado a Valledupar, para estudiar en el tradicional colegio Loperena, no fue una parada más. Fue el momento en que todo comenzó a cobrar sentido.

Entonces ocurrió el encuentro con Rafael Calixto Escalona Martínez. La amistad se volvió hermandad. Escalona no encontró en Fernández a un intérprete: encontró una continuidad. Algo que no se planifica: sucede o no sucede. Y, en este caso, sucedió con una naturalidad que aún asombra. Rafael escribía desde adentro, desde la memoria, desde la gente. Y Alberto no “cantaba” esos versos: dejaba que lo atravesaran.

No hubo esfuerzo por coincidir. Coincidieron.

De ahí nacieron cantos que ya no pertenecen a nadie: ‘La Casa en el aire’, ‘El testamento’, ‘La Maye’, ‘La brasilera’. Canciones que no requieren explicación porque forman parte de algo mayor. En su voz no había interpretación: había permanencia.

Luego vino el movimiento.

Barranquilla lo recibió. La radio.  

Ese lugar donde una voz puede existir sin cuerpo; donde alguien canta en un punto y aparece en otro sin desplazarse. Allí su canto dejó de ser cercano para volverse colectivo.

En 1946, junto a Guillermo De Jesús Buitrago Henríquez, comprendió algo difícil de explicar: el vallenato no era un estilo, era una forma de decir. Y al año siguiente, con Julio César Bovea y Ángel Fontanilla, esa intuición tomó forma. No era un trío en el sentido habitual. Era otra cosa.

Llevar el acordeón a la guitarra sin perder el alma no es adaptación: es comprensión.

Lo que hicieron todavía resuena.

Y, sin embargo, hay un gesto que completa esa imagen y que rara vez se subraya: Alberto no solo fue voz, también fue pulso.

Fue un notable intérprete de la guacharaca, ese idiófono de fricción que, en sus manos, dejaba de ser simple acompañamiento para convertirse en lenguaje. Con ella sostenía el latido preciso que acompañaba las guitarras de Bovea y Fontanilla, como si entre los tres existiera una conversación invisible donde cada rasgueo encontraba su eco en el raspado exacto de la caña. No era únicamente ritmo: era dirección, era respiración, era ese hilo sutil que impide que la música se disperse.

Gran parte de su producción quedó resguardada en distintos sellos discográficos: Caliente (Sonolux), Caribe (Fuentes), Discos Curro, Lyra (Sonolux), Rival (Estados Unidos), Discos Tropical y Discos Vergara. Como si cada casa disquera hubiese sido apenas una estación de paso para una voz que no estaba hecha para permanecer en un solo lugar.

Allí quedaron registros que hoy parecen inevitables: ‘El Montañero’, ‘Los barrancos’, ‘La marimba’, ‘Mi vallenata’, ‘El tigre guapo’, ‘La llorona loca’, ‘El pájaro amarillo’, ‘El hombre marinero’, ‘El gallo tuerto’, ‘La viajerita’. Canciones que no buscaron trascender y terminaron haciéndolo.

Pero su vínculo con Escalona siguió abriendo caminos.

Otras composiciones como ‘La molinera’, ‘La creciente del Cesar’, ‘El Almirante Padilla’, ‘La Vieja Sara’ y ‘El villanuevero’ encontraron en su voz un lugar definitivo. En ellas, Alberto no se limitaba a narrar: encarnaba. Su canto podía habitar con la misma naturalidad lo romántico, lo jocoso y lo costumbrista, sin exageraciones ni ropajes prestados. Había en su manera de decir una elegancia silenciosa: la de quien entiende que la emoción no se impone, se revela.

Porque su voz maravillosa no buscaba destacarse sino permanecer.

Y permanecer en el vallenato es otra forma de fundar.

También están los otros nombres: José María Peñaranda Márquez, José Benito Barros Palomino, Julio Salvador Erazo Cuevas, Leandro José Díaz Duarte, Alejandro Durán Díaz, Rafael Campo Miranda. En todos dejó algo que no figura en los créditos: una manera de respirar cada verso.

Y luego llega ese momento inevitable en el que todo encaja:  

Escalona y Alberto encontrándose definitivamente en la memoria de la gente.

Ahí el vallenato dejó de ser lugar para convertirse en sentimiento compartido.

Bogotá lo acogió en 1948. Otra siembra.  

Durante años, su voz ocupó espacios donde antes no había nada semejante. Más adelante vendrían los viajes: Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil, Venezuela, Puerto Rico. Pero es en Argentina donde la historia se prolonga. Ocho años no pasan en vano. La televisión, los escenarios, el reconocimiento: una música nacida en lo rural encontrando eco en el sur.

Y aun así nada de eso lo transformó.

Cantó con Celia Cruz, con Edmundo Arias, con Luis Enrique Martínez, con Aniceto Molina, con Colacho Mendoza, pero nunca dejó de sonar como él.

Más adelante, cuando se separó de Bovea y sus Vallenatos, no hubo ruptura sino continuidad. En Bogotá formó su propia agrupación: Los Auténticos Vallenatos, acompañado por los guitarristas Carlos Julio Guevara y Alberto Moya. Allí reafirmó su camino sin depender de nada distinto a su propia esencia.

Hay voces que compiten. La suya acompaña.

Entonces aparece ese canto que ya no le pertenece: ‘Te olvidé’. 

El Carnaval de Barranquilla repitiéndose cada año, y su voz ahí, como si el tiempo no avanzara del todo.

A sus 99 años, Fernández Mindiola no es recuerdo: es presencia.

Su lucidez no impresiona por excepcional, impresiona por natural. Como si todo hubiese sido un proceso lento y silencioso para llegar a este punto en el que nada sobra.

Hay una belleza particular en ello. No en la edad sino en lo que la edad deja.

Porque hay hombres que no atraviesan el tiempo: permanecen en él.

Y en Alberto De Jesús Fernández Mindiola, en su voz, en su manera de decir sin exceso, el vallenato deja de ser música para convertirse en comprensión.

Como la sierra que lo vio nacer su vida tiene cumbres y nacederos. Como la mochila kankuama que se teje en Atánquez, cada año fue una puntada, cada canción un color, cada silencio un nudo que sostiene la figura completa. El tejido no presume: resguarda. Y resguarda para que otros vivan.

Tal vez esa sea la lección, aunque no la diga: el arte verdadero no necesita prisa ni explicaciones. Solo fidelidad.

Lo demás llega o no.

Que su casi centenario sea celebración.  

Que su claridad continúe alumbrando sin proponérselo.

Y que su voz, esa que un día encontró en Escalona algo más que canciones, siga ahí, en alguna parte, haciendo lo que siempre ha hecho: no repetir,  

fundar.

Al borde de sus cien años, cuando el tiempo parece inclinar la cabeza ante su historia, su voz sigue negándose a despedirse y se mantiene intacta, viviendo en la eternidad.

En el 2027 el Festival de la Leyenda Vallenata celebrará sus 60 versiones llenas historia, música y folclor

La Fundación del Festival de la Leyenda Vallenata a través de su presidente Rodolfo Molina Araújo, anunció que en el 2027 se celebrará la historia de las 60 versiones del Festival de la Leyenda Vallenata, todo un acontecimiento que tendrá la connotación del Rey de Reyes de Acordeón Profesional, Canción Vallenata Inédita y Piqueria Mayor, y en cuya programación no se contempla la realización de homenajes.

“Nosotros, como Fundación Festival de la Leyenda Vallenata venimos diseñando el próximo evento con motivo de las 60 versiones, donde está la verdadera historia del certamen, Contaremos los sucesos de cómo el Festival de la Leyenda Vallenata se potencializó hasta llegar a tener la mayor importancia en el orden nacional e internacional”, expresó Rodolfo Molina Araújo.

La decisión busca exaltar el legado, la evolución y el impacto cultural que ha tenido el Festival de la Leyenda Vallenata a lo largo de 60 versiones, consolidándose como uno de los eventos folclóricos más importantes de Colombia y referente internacional del vallenato.

La declaración se hizo en la Rueda de Prensa con el nuevo Rey Vallenato José Juan Camilo Guerra Mendoza, quien contó sobre su historia y su triunfo en el 59° Festival de la Leyenda Vallenata.

La historia

El Festival de la Leyenda Vallenata nació en el año 1968 por iniciativa de Consuelo Araujonoguera, Alfonso López Michelsen y Rafael Escalona, coronándose como primer Rey Vallenato Gilberto Alejandro Durán Díaz. En esa ocasión concursaron nueve acordeoneros y en la pasada versión, 254 entre acordeoneros y acordeoneras.

En el año 1969 se inició el concurso de canción vallenata inédita ocupando el primer puesto el compositor Gustavo Gutiérrez Cabello, con el paseo ‘Rumores de viejas voces’. Ese año también se inició el concurso de acordeón aficionado y el ganador fue Emiliano Zuleta Díaz.

En 1970 se creó la categoría de acordeón infantil ocupando el primer puesto Ciro Meza Reales. Un año después se creó la categoría adolescente siendo el ganador Antolín Arias López.

En 1972 se inició la categoría de acordeón semiprofesional ocupando el primer lugar Alberto Rada Ospino. El año siguiente comenzó el concurso de la piqueria siendo el ganador Andrés Emilio Beleño Paba.

En el año 1981 aparecieron por primera vez en la inauguración del Festival de la Leyenda Vallenata, los grupos de piloneras que con el paso del tiempo suman 265. En el año 1996, la danza del pilón se convirtió en un nuevo concurso.

En el 2003 se comenzó a realizar el concurso de acordeón juvenil siendo el ganador Luis José Villa Guette. Después, se instauraron las categorías de acordeonera mayor, acordeonera menor y piqueria infantil. Hace 16 años se inició el concurso de pintura infantil, ‘Los niños pintan el Festival de la Leyenda Vallenata’.

El 60° Festival de la Leyenda Vallenata será el escenario ideal para auscultar esos años de historia, que han sido la base principal para conservar y promover el vallenato raizal, siendo replicado para bien en distintos lugares del país y el exterior.

Vallenato con pasaporte libre

Toda esta gesta cultural, folclórica y musical la profetizó Consuelo Araujonoguera. “Quién iba a pensar que los vetustos acordeones que tocaban los viejos juglares, incluso el ‘Pedazo de acordeón’ de Alejo Durán, hoy sean la referencia de un folclor que nació en los potreros y ahora tiene pasaporte libre para incursionar por el mundo. Todo comenzó en el año 1968, cuando se puso en marcha el Festival de la Leyenda Vallenata”. Además, ‘La Cacica’ dejó una frase contundente. “Con el tiempo el vallenato se tomará al mundo”.

Definitivamente, la música vallenata es el alma cantada del caribe colombiano, la amalgama poética donde la caja, la guacharaca y el acordeón narran historias de amor, nostalgia y cotidianidad. Es el Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad.

Alejo Durán, primer Rey Vallenato

Desde hace 40 años ‘Ausencia sentimental’ no se borra del corazón vallenato

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

“Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme, ya se van los provincianos que estudian conmigo, ayer tarde que volvieron preferí negarme, pa’ no tene’ que contarle a nadie mis motivos. Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme, me quedo en la Capital por cosas del destino”.

Cuando el compositor Rafael Manjarréz tomó su guitarra e interpretó las primeras líneas de su canción ‘Ausencia sentimental’, un terremoto de tristeza sacudió todo su ser y fue por una poderosa razón que escondía en su interior.

“Pensar que no iba al Festival Vallenato era algo que sabía, pero no asimilaba porque todos esperábamos integrarnos y sentir de cerca a nuestra amada música vallenata con todo lo que eso significa”, expresó lleno de añoranzas.

El compositor también se alegró cuando recordó que su canción ganadora la noche del miércoles 30 de abril del año 1986, fue declarada mediante el Acuerdo No. 03 del martes 16 de marzo de 2010, como himno del Festival de la Leyenda Vallenata.

Las razones que tuvo la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se fundamentaron en que ‘Ausencia sentimental’ se convirtió en corto tiempo en el más grande mensaje lleno de miles de recuerdos para los que se encontraban ausentes, y no podían llegar a finales de abril hasta la Capital Mundial del Vallenato.

Rafa, como todos lo llaman, sobre este hecho anotó. “El reconocimiento siempre ha sido motivo de complacencia para mí, y el agradecimiento será eterno para la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para los que les llena mi canción, especialmente a los ausentes por diversos motivos, tal como me sucedió a mí”.

Reflejo nostálgico

La canción ‘Ausencia sentimental’ es el reflejo de una fiel nostalgia donde el silencio se amarra a los recuerdos apareciendo sueños despiertos, y hasta una melodía se calca en el alma. Es el himno del guayabo, ese que no produce el trago, sino que permite andar por los caminos recorridos por el compositor a la distancia hasta caer en cuenta que “hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.

Yendo más al fondo de la composición, ella tiene sabor a parranda, a música, a encuentro con amigos, a paseos en el balneario ‘Hurtado’; ingredientes que la incrustaron en el corazón de un pueblo como la más querida de las canciones inéditas. Es así como personas, lugares y hechos hacen parte vital de la estructura de la inspiración que nació muy lejos de Valledupar, pero cuando fue escuchada por la multitud se sembró para siempre en la plaza Alfonso López, al lado del legendario palo e’ mango.

La canción sigue dejando regados pedazos del alma vallenata porque muchas de las personas por quienes pregunta el compositor partieron hacia la eternidad. Ellas, siguen presentes en la memoria de todos desde que la voz del cantante Silvio Brito y el acordeón del Rey Vallenato Orangel “El Pangue” Maestre, la divulgaron por los medios de comunicación, y se metió en los que saben que “el que nunca ha estado ausente no ha sufrío un guayabo”.

En ese sentido, Rafael Manjarrez resumió su historia cantada. “Aquella ocasión fueron demasiados hechos que llenaron mi sentimiento por no estar presente en el Festival Vallenato. ¿Se imagina, estando en Bogotá y que llegaran a invitarme? Pudo más la razón que el corazón y me tocó encerrarme porque la melancolía era grande. Entonces dejé fluir mi tristeza en la soledad de mi habitación, naciendo la canción que me ha dado inmensas satisfacciones y una cantidad de anécdotas».

Hizo un alto en el camino y luego siguió. “De ahí la frase donde digo que encerrado y temblando escribí una letra que detallaba mi tristeza, mi ausencia sentimental”. Esa frase fue la base para esbozar todo su trasegar por un hecho que lo tenía en una tierra lejana, pero queriendo estar en Valledupar. Claro, que les hizo una petición a sus compañeros para que le llevaran algunas razones. Esas razones que solamente cabían en el marco de su corazón.

Definitivamente, la canción es la identidad sonora del Festival de la Leyenda Vallenata, y la que hace que las lágrimas no se apuren en salir, los recuerdos estén en primera fila y en estos días el ambiente tenga la marca de la ausencia. Rafa como el poeta, solamente le regaló eternidad a esa experiencia de versos untados de melodía.

El agradecimiento

El compositor y abogado Rafael Enrique Manjarréz Mendoza, oriundo de La Jagua del Pilar, La Guajira, agradeció el detalle de convocarlo a repasar aquella historia que ahora se hace más real, teniendo en cuenta esta fecha donde los acordeones suenan sin cesar, las canciones cuelgan en el oído del folclor y se asoman los sentimientos flotando en el ayer.

Después de cuatro décadas que el jurado integrado por Isaac ‘Tijito’ Carrillo Vega, Roberto Calderón Cujia, Marina Quintero y Humberto Díaz Daza, declarara como ganadora a la canción ‘Ausencia sentimental’ cantada por el propio compositor teniendo el seudónimo de ‘Uno de tantos’, con el acordeón de Gustavo Maestre, sigue escuchándose como se hizo por primera vez en el teatro Cesar. “Ya comienza el Festival y vinieron a invitarme. Ya se van los provincianos que estudian conmigo”. …Y como paradoja de la vida, es la única ‘Ausencia sentimental’ que nunca ha quedado sola y por ende no se borra del corazón vallenato.